Durante más de 60 años, Cuba no ha sido solo un actor ideológico en América Latina. Ha sido un operador estratégico de desestabilización, inteligencia y penetración política. Lo ocurrido en Venezuela —y la captura de Nicolás Maduro— no se puede entender sin comprender el rol central de La Habana.
Durante décadas se repitió la mentira de que Cuba solo exportaba médicos y solidaridad. La realidad es otra: exportó guerrillas, entrenó terroristas, diseñó narrativas, infiltró universidades, medios de comunicación y agencias del Estado en toda la región. Colombia es el caso de estudio más claro.
Desde los años sesenta, Cuba estuvo detrás del ELN, del M-19, de las FARC y de múltiples organizaciones armadas. Tras la caída del Muro de Berlín, cambió de método, no de objetivo: dejó de financiar fusiles y empezó a financiar caos social, movilización radical y captura institucional.
Venezuela se convirtió en su nueva plataforma. Con el dinero del petróleo, y el respaldo de aliados como Rusia, China e Irán, Cuba reconstruyó su capacidad de intervención continental. Desde allí financió campañas, protestas, narrativas y procesos políticos que debilitaron democracias y abrieron la puerta a nuevos autoritarismos.
Lo que vemos hoy es el resultado de haber subestimado esa amenaza.
Si Venezuela logra una transición democrática pero Cuba sigue intacta, el problema no se habrá resuelto: solo se habrá movido.
La lección es clara y urgente: no se puede defender la democracia en América Latina sin enfrentar el rol desestabilizador de Cuba. Ignorarlo sería repetir el mismo error… otra vez.
